miércoles, 16 de julio de 2008

Siempre he pensado que, desde aquel primer novio que me dijo que no tenía ni puta idea de cómo besar antes de dejarme, no he aprendido gran cosa en lo que al amor se refiere. Quizás ahora bese algo mejor, pero sigo tan estúpida como entonces a la hora de enterarme de qué está pasando a mi alrededor. Sigue pillándome de improviso el momento en el que la gente se va, y no sé qué he hecho mal, dónde metí la pata. Porque siempre doy por hecho que soy yo quien la mete, claro. A Joaquín, otro novio que tuve y al que yo, excepcionalmente dejé, esa actitud de culpa constante mía le ponía enfermo, e intentaba inyectarme un poco de autoestima, inútilmente. Pobre Joaquín... Me he acordado de él cientos de veces, pero no me atreví nunca a llamarle. Me dio siempre vergüenza. Cuando Pablo me miró, antes de salir corriendo, no vi vergüenza en sus ojos, ni arrepentimiento, ni siquiera un poco de mala conciencia. Pablo me miró como siempre lo había hecho: como si quisiera decirme que las cosas buenas, ésas que parecían rodearnos, sólo eran un espejismo, cosas que les pasaban a los demás, pero que no fuese ilusa, porque no estaban reservadas para nosotros.
Llevabas el colgante que te di tres días antes de que desaparecieras.
Habíamos discutido como muchas otras veces, reconciliándonos al momento. No podíamos ni queríamos dejar de sentir esa complicidad sin palabras que llegaba hasta lo más profundo del ser, mezcla de placer y dolor por todo lo que era y por lo que no podía ser.
Me dijiste mirándome a los ojos ¡no podemos seguir así!.
Con el dedo en la boca indique silencio, y quitándome del cuello la piedra de hematite en forma de lagrima la puse en tu mano cerrandola con fuerza y reteniendola entre las mías. Me abrazaste en un abrazo eterno, pero no se cuanto tiempo paso cuando me apartaste girándote sobre ti y corriendo te alejaste….