Llevabas el colgante que te di tres días antes de que desaparecieras.
Habíamos discutido como muchas otras veces, reconciliándonos al momento. No podíamos ni queríamos dejar de sentir esa complicidad sin palabras que llegaba hasta lo más profundo del ser, mezcla de placer y dolor por todo lo que era y por lo que no podía ser.
Me dijiste mirándome a los ojos ¡no podemos seguir así!.
Con el dedo en la boca indique silencio, y quitándome del cuello la piedra de hematite en forma de lagrima la puse en tu mano cerrandola con fuerza y reteniendola entre las mías. Me abrazaste en un abrazo eterno, pero no se cuanto tiempo paso cuando me apartaste girándote sobre ti y corriendo te alejaste….
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