miércoles, 16 de julio de 2008

Siempre he pensado que, desde aquel primer novio que me dijo que no tenía ni puta idea de cómo besar antes de dejarme, no he aprendido gran cosa en lo que al amor se refiere. Quizás ahora bese algo mejor, pero sigo tan estúpida como entonces a la hora de enterarme de qué está pasando a mi alrededor. Sigue pillándome de improviso el momento en el que la gente se va, y no sé qué he hecho mal, dónde metí la pata. Porque siempre doy por hecho que soy yo quien la mete, claro. A Joaquín, otro novio que tuve y al que yo, excepcionalmente dejé, esa actitud de culpa constante mía le ponía enfermo, e intentaba inyectarme un poco de autoestima, inútilmente. Pobre Joaquín... Me he acordado de él cientos de veces, pero no me atreví nunca a llamarle. Me dio siempre vergüenza. Cuando Pablo me miró, antes de salir corriendo, no vi vergüenza en sus ojos, ni arrepentimiento, ni siquiera un poco de mala conciencia. Pablo me miró como siempre lo había hecho: como si quisiera decirme que las cosas buenas, ésas que parecían rodearnos, sólo eran un espejismo, cosas que les pasaban a los demás, pero que no fuese ilusa, porque no estaban reservadas para nosotros.

1 comentario:

javier dijo...

mu bien.Yo ya no se po donde va la historia. A ver quien sigue. Valor .